sábado, 4 de mayo de 2013

Nuevamente con tiempo para pensar

Creo que mi parte favorita en los viajes es la oportunidad que estos me dan de pensar en hacia donde me dirijo con mi vida, qué quiero y volver la mirada hacia lo importante. ¡Qué rápido que va nuestro mundo! Nada más agradable que estos viajes en tren donde voy leyendo y pensando, en medio de la conversación con mi familia. Uno de los errores que creo haber cometido en este viaje, aunque no se si fue un error, fue el libro que me ha entretenido tanto estos días, una autobiografía de la Madre Teresa de Calcuta. Digo error, porque la vida de la mujer contrasta increíblemente con lo que veo aquí, que es el placer de todos los sentidos, gracias a la inversión tan significativa de tiempo y dinero que se hizo para lograrlo, mucho del cual fue el fruto de llevar dolor a nuestros indígenas en aquella época. Creo que si no hubiera leído ese libro la idea no me hubiera ni cruzado la mente, pero todas sus historias invaden mi mente mientras disfruto la belleza de los imponentes edificios, los sabores de la más rica comida, la belleza de los jardines y palacios y la excelente música.

Siempre he sentido atracción hacia la Madre Teresa de Calcuta, bueno no siempre; desde que aprendí que fue una mujer rica que decidió vivir con los más pobres de los pobres. Siempre he tenido esta vocación hacia los pobres, que es motor de la mayor parte de mis actos. Hace ya algunos años creí llegar a la conclusión de que esa vocación me llevaría a muchas renuncias, entre ellas la de mi propia riqueza.Por eso siento mucho intéres por esta mujer. "Para ayudar a los pobres tienes que dejar de ser uno de ellos" es una falacia completa. Para ayudar a los pobres, la Madre Teresa y sus miles de hermanas de la caridad se convirtieron en pobres. Ese pensamiento me resulta impresionante y compatible con una inquietud y ansiedad en mi corazón que lleva años allí, invadiendo y molestando.

Me impresiona mucho de ella, muchísimo, la poca preparación con la que logro tanto. Ni ella, ni las hermanas tenían habilidades técnicas. Muchas de ellas tenían una educación precaria y sus estilos de vida no variaban mucho de la de los pobres. Ella no tuvo preparación teórica en el tema, ni años de preparación de base. Muy joven se decidió a dedicarse al Señor y así lo hizo. Las Hermanas no eran doctoras ni psicólogas, ni siquiera eran maestras. No sanaban a los enfermos que llegaban a sus hogares, en sus comienzo, lo único que hacían era proveerles una muerte acompañada, que realmente ya resultaba bastantísimo. No quitaban las adicciones pero proveían un lugar de amor sin perjuicios que ayudaba a quienes recaían a levantarse. No trajeron la cura a la lepra o la tuberculosis ni daban a los niños huérfanos comodidades, pero si los acompañaban con un amor comparable solo a Cristo y tocaron la vida de decenas de miles de personas, sin gran conocimiento, sólo con amor como el de Jesús, llevando a muchos al arrepentimiento y a la gratitud.

Todo esto es realmente un estorbo en mi caminar, ya que siempre he tenido este debate interno entre la preparación y la vocación. A los 17 tuve que decidir si quería entrar a la universidad o dedicarme a tiempo completo a mi llamado. Estaba dispuesta a seguir mi llamado, pese a todos los problemas que conocía que iban a venir de casa si estaba segura de que Dios así lo quería pero me convencí de que la preparación es importante y que sólo estudiando podía llegar a hacer mi Master en el tema de fundaciones o supresión de la pobreza o lo que quisiera. Ha sido un camino muy duro que aún no termina, ya que para mí la universidad ha sido una cerca demasiado más de lo que ha sido un catalizador.

A los 19, estuve entre dividirme entre universidad y fundaciones o comenzar a trabajar. Mi papá me convenció de que pese a que mi llamado era otro, el trabajo sería una buena preparación para lo que sea y que los principios serían aplicables en lo que me decida hacer. Dijo que llegue a mi master primero y que tome decisiones de vida una vez que termine. Me decidí a hacerlo. El trabajo me llena de mucha satisfacción y disfruto sumar en él. Es un desafío y mis habilidades se ven en gran uso. Sin embargo, ninguno de los momentos en que he querido que el tiempo se detenga para siempre se ha dado en el trabajo.

Ningún momento de estos se ha dado tampoco en los viajes y Dios me ha bendecido con viajar en mùltiples ocasiones y disfrutar de lo mejor de lo mejor en cada uno de estos. En toda ocasión de este tipo, en que siento en que nada más importa, ha primado o el estar en oración o estar en la presencia de alguna persona, en especial de aquellos más pobres. Ninguna comida, vista, bebida, baile me ha dado una sensación igual a aquella.

No estoy segura de muchas cosas. De hecho no estoy segura de nada. Sigo conociéndome, buscando el camino que Dios tenga para mí, tratando de hacer su voluntad. Desesperada por avanzar pero creyendo que la preparación será de gran provecho, aunque no esté tan segura porque la dependencia en Dios hace absolutamente todo posible. Le agradezco a Dios que no me ha permitido desviarme muy lejos, que me mantengo cerca de él y en el país de mi llamado y en crecimiento rápido pese a las tentaciones de quedarme lejos, de farrearme la juventud, de ser devota a mi trabajo y tantas otras. Por lo otro me pongo ante Èl, deseando que "si hay en este traje un milímetro de tela que amortigue alguna pena" Dios me use para su gloria de la forma que Él encuentre conveniente. Sin embargo, la desesperación y la impaciencia son un compañero que invade constantemente mi vida. Desde hace años puse el freno de mano en mi vida para no seguir saltándome etapas y disfrutar un poco más de las bendiciones que tengo y no trabajar ni pensar tanto. He creído que eso dolería menos y que haría más fácil el sacrificio futuro sin embargo no sé eso tampoco. Voy caminando como puedo, sin claridad del camino, pidiéndole a Dios su guía y con múltiples cambios de camino y de planes añorando aquellos días en que pueda saberme al 100% en mi propósito y llamado y contando mis abundantes bendiciones en el camino. Mi vida es casi perfecta y Dios me ha bendecido tanto que mi desesperación por aquellos que no tienen es malinterpretada por mi mamá como desagradecimiento pero no creo que lo sea. Es sólo que no me siento bien teniendo mucho cuando otros tienen tan poco. Todo es lindo y disfrutable...hata que veo un vagabundo en la calle y mi alma sufre y mi espíritu llora y pienso en todo lo que podría hacer por él si vendiera lo que tengo. En fin...esas son mis dudas existenciales que no me están dejando disfrutar tanto este viaje (aunque disfrutarlo muchísimo me sea inevitable). Quisiera que mi mente se calle por unos días esta semana. ESe bendito libro ha alterado por completo mi mente y mi corazón. Quisiera compartirlo con alguien pero no creo que nadie lo podría entender, por eso mejor lo escribo.

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